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jueves, 26 de septiembre de 2019
lunes, 6 de abril de 2009
METÁFORA Y METONIMIA. EJES DEL LENGUAJE
Metonimia: Tropo que corresponde a la fórmula lógica pars pro parte; consiste en designar una cosa con el nombre de otra, que está con ella en una de las siguientes relaciones:
a) causa a efecto: vive de su trabajo.
b) continente a contenido: tomaron unas copas.
c) Lugar de procedencia a cosa que de allí procede: el jerez.
d) Materia a objeto: una bella porcelana.
e) signo a cosa significada: traicionó su bandera.
f) abstracto a concreto, genérico a específico: burló la vigilancia.“
[Lázaro Carreter, Dicc. ..., p. 277]
●
„El concepto de «ciudad» parece unívoco y claro. Los griegos llamaban a la ciudad polis y los romanos civitas. El término griego sigue presente en expresiones como «metrópolis» y «política», que todas las lenguas europeas contienen, mientras el término latino ha dejado derivados en varias lenguas: «ciudad», «cité», «city». Sin embargo, cuando los antiguosdecían polis o civitas, no querían decir exactamente lo mismo que nosotros cuando decimos «ciudad». Mejor dicho: con estas palabras queremos decir lo mismo y al propio tiempo algo diferente que los antiguos. No se trata de una transformación propia y clara del contenido conceptual como totalidad, sino más bien de un cambio de perspectiva que nuestros diccionarios no pueden captar bien. Los términos se resentan en su forma gráfica como perfectamente fijos y unívocos y ello nos seduce a creer que el contenido conceptual goza de una consistencia semejante. [...]
Cuando usamos la palabra «ciudad» vacilamos, sin apenas advertirlo y según la situación o la finalidad de lo que decimos, entre por lo menos dos aspectos conceptuales diferentes. Esta oscilación mental es un fenómeno tropológico que la Retórica llama metonimia, una figura de la misma familia que la metáfora pero más difícil de identificar que ésta. «Metáfora» se ha convertifo en una palabra de modo. «Metonimia» es todavía un término especializado que no todos conocen. Ambas representan sin embargo un cambio de sentido o un cambio de nombre, si bien el cambio metonímico resulta menos visible que el metafórico. El cambio o desplazamiento de orden metonímico entre nombre y significado no se da por motivos de semejanza, como es el caso de la metáfora, sino con base a alguna forma de contigüidad material o figurada con respecto de aquello de lo que propiamente se habla.1
Mientras que la metáfora nos ayuda a menudo a crear nuevas palabras para nuevos objetos o nuevos fenómenos, nos ayuda la metonimia a hacer cambios de aspecto y carácter en las palabras al pasar de una situación a otra o de un tiempo a otro. La metonimia es así el más importante de los mecanismos de poder lingüístico, constantemente presente en la propaganda, la política y la planificación urbana. Su uso debiera por tanto advertirse más conscientemente de lo que es el caso. La metonimia nos seduce a creer que seguimos hablando de lo mismo cuando hemos comenzado a hablar de algo distinto. Permítaseme ahora estudiar su función en la concepción de la ciudad.
La ciudad puede entenderse como estructura física, como edificación. Ésta es, creo yo, la idea primera y más inmediata que surge en la mente cuando nos encontramos con la palabra «ciudad». Pero una ciudad es también una comunidad humana, la forma urbana de vida que desarro- lla una población de cierta magnitud. El espacio edificado es por supuesto el escenario en que la vida urbana tiene lugar, pero una cosa es pensar en la ciudad desde el punto de vista de los edificios y otra pensar en la vida urbana como tal. [...]
Cuando los atenienses decía polis se referían primordialmente a «la comunidad humana» y sólo en segundo lugar a «la estructura o entorno físico». Los romanos por su parte usaban la palabra civitas casi exclusivamente en la acepción humana.
En el siglo VI, al hacer una exposición sobre el origen de las palabras, San Isidoro de Sevilla escribía en sus Etimologías lo siguiente:
Civitas es una muchedumbre de personas unidad por vínculos de sociedad, y recibe ese nombre por sus ciudadanos (cives), es decir, por los habitantes mismos de la urbe [porque concentra y encierra la vida de mucha gente]. Con el nombre de urbe (urbs) se designa la fábrica material de la ciudad, en tanto que civitas hace referencia, no a sus piedras, sino a aus habitantes. (Etymologiarum XV, 2, B. A. C. 1994.)
Los romanos y sus inmediatos sucesores cambiaban por consiguiente de civitas a urbs cuando querían referirse a la ciudad como estructura física. Nosotros decimos «ciudad» para ambas pero (aun contando también con la palabra «urbe») pensamos primordialmente en su estructura física y sólo en segunda acepción, cuando la necesidad lo exige, en la vida urbana de los seres humanos. La palabra «urbe» es hoy sinónima de «ciudad física» y se usa para designar ciudades grandes. [...]
Mientras que la palabra civitas era usada de manera unívoca por los romanos para designar la vida de los ciudadanos, para la ciudad como estructura física se utilizaba otro término: urbs, que también significa «muralla» y está emparentado con orbis, aludiando a la forma redonda. Lo curioso es que la palabra civitas, que carece de connotaciones físicas, haya originado algo tan petrificado como la city actual, la cual sólo nos hace pensar en las estructuras físicas.
En la medida en que se estable este traslado semántico de carácter metonímico en la idea de ciudad hacia su aspecto físico, se percibe a partir del Renacimiento un interés creciente por las soluciones totales y por las utopías, es decir, por las imágenes de una sociedad local totalmente organizada hasta sus mínimos detalles.“
[Ramírez, J. L.: „La construcción de la ciudad como lógica y como retórica. Los dos significados de ciudad“. En: Astragalo: Revista cuatrimestral Iberoamericana, N° 12, Septiembre 1999, p. X-XV]
______________
1 Decimos que algo pertenece a «la Corona», en vez de decir «a la Casa Real», que a su vez es también una metonimia de «Patrimonio Real». Vamos a «tomar un vaso», cuando bebemos vino. Sucede de vez en cuando que alguien nos pregunta si «tenemos fuego», como si fuéramos antorchas vivas. Y damos el nombre del órgano que albergamos en la boca, la lengua, a la actividad que con su ayuda realizamos y, por ende, al sistema de palabras utilizado como medio para dicha actividad.
●
„Metonimia
«Se parecen la metáfora y la metonimia – escribe Dámaso Alonso – en que lo mismo en la una que en la otra hay sustitución de la palabra y la noción que corresponden al objeto pensado. Pero hay entre las dos una diferencia profunda. En la metáfora el objeto pensado (‘dientes’) es sustituido por otro (perlas) que no tiene conexión real con él: el único vínculo es el de una comparación, el de un parecido de alguna o algunas cualidades (los dientes de una linda muchacha se parecen por su color y aun algo por su forma, etc. a menudas perlas). En la metonimia en cambio no hay una comparación, sino que el objeto que sustituye al que pensamos pertenece a la esfera de éste, está en relación “real” con él: así, si el poeta dice Marte en vez de ‘la guerra’ es porque (considerando como en la antigüedad o como por ficción en el Renacimiento, verdaderas las fábulas mitológicas) Marte es el dios de la guerra, el dios que tiene poder sobre esa actividad; y algo semejante ocurre si se emplea un abstracto como la juventud en vez de ‘los jóvenes’, o el continente por el contenido (se bebió unas copas), etc. (metonimias estas últimas tan normales en el lenguaje que constituyen ya acepciones de las mismas voces, pero originariamente fueron metonimias.
En la metonimia no salimos de la esfera real de los objetos de que estamos tratando (en ella pues no se puede hablar de “plano real” y “plano irreal”, y por tanto menos aún de una comparación entre los dos); en la metáfora hay siempre un elemento “irreal” expresado y elemento “real” omitido, y una comparación implícita, tácita, entre los dos».
[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, p. 170]
●
“Metonimia
La metonimia es la figura formada por la sustitución del nombre de una cosa por uno de los atributos o rasgos semánticos (cf sema) contenidos en su definición. Por ejemplo, el cetro es una metonimia de la autoridad (cf sinécdoque).
Jakobson, basándose en el eje vertical del lenguaje, el paradigmático, el de la elección, y el eje horizontal, el sintagmático, el de la combinación, ha presentado una nítida explicación y diferenciación de los procesos generadores de la ‘metáfora’ y de la ‘metonimia’ (incluida la sinécdoque en esta última). Si transformásemos (Lodge, D., 1977) «Los buques cruzaron el mar» por «Los buques –araron el mar» habríamos sustituido –labrar por cruzar, al haber percibido una similaridad de movimientos entre el «arado de la tierra» y el «movimiento del barco en el mar». En «Los buques surcaron el mar» se produce una ‘metáfora’ porque el hablante, en la elección de los vocablos apropiados del paradigma para combinarlos en el sintagma, ha percibido una similaridad, no exenta al mismo tiempo de una sensación de disparidad, entre el movimiento del arado sobre la tierra (abrir surcos) y el del buque sobre el mar (cruzar, atravesar, navegar, etc.). En resumen, para que haya ‘metáfora’ se necesita la percepción de similaridad, sin que se suprima el sentido de disparidad, ya que son percepciones que pertenecen a esferas diferentes del pensamiento.
Pero si transformamos «Los barcos cruzaron el mar» por «Las quillas cruzaron la profundidad» (Keels crossed the deep), tendremos una sinécdoque (las quillas) que es una parte, por el barco, que es el todo y una metonimia (la profundidad, que es un atributo del mar). Pero esta vez no ha sido la similaridad la que ha permitido la sustitución de una unidad por otra, ya que quilla puede sustituir a barco no por su similaridad sino por su contigüidad.”
a) causa a efecto: vive de su trabajo.
b) continente a contenido: tomaron unas copas.
c) Lugar de procedencia a cosa que de allí procede: el jerez.
d) Materia a objeto: una bella porcelana.
e) signo a cosa significada: traicionó su bandera.
f) abstracto a concreto, genérico a específico: burló la vigilancia.“
[Lázaro Carreter, Dicc. ..., p. 277]
●
„El concepto de «ciudad» parece unívoco y claro. Los griegos llamaban a la ciudad polis y los romanos civitas. El término griego sigue presente en expresiones como «metrópolis» y «política», que todas las lenguas europeas contienen, mientras el término latino ha dejado derivados en varias lenguas: «ciudad», «cité», «city». Sin embargo, cuando los antiguosdecían polis o civitas, no querían decir exactamente lo mismo que nosotros cuando decimos «ciudad». Mejor dicho: con estas palabras queremos decir lo mismo y al propio tiempo algo diferente que los antiguos. No se trata de una transformación propia y clara del contenido conceptual como totalidad, sino más bien de un cambio de perspectiva que nuestros diccionarios no pueden captar bien. Los términos se resentan en su forma gráfica como perfectamente fijos y unívocos y ello nos seduce a creer que el contenido conceptual goza de una consistencia semejante. [...]
Cuando usamos la palabra «ciudad» vacilamos, sin apenas advertirlo y según la situación o la finalidad de lo que decimos, entre por lo menos dos aspectos conceptuales diferentes. Esta oscilación mental es un fenómeno tropológico que la Retórica llama metonimia, una figura de la misma familia que la metáfora pero más difícil de identificar que ésta. «Metáfora» se ha convertifo en una palabra de modo. «Metonimia» es todavía un término especializado que no todos conocen. Ambas representan sin embargo un cambio de sentido o un cambio de nombre, si bien el cambio metonímico resulta menos visible que el metafórico. El cambio o desplazamiento de orden metonímico entre nombre y significado no se da por motivos de semejanza, como es el caso de la metáfora, sino con base a alguna forma de contigüidad material o figurada con respecto de aquello de lo que propiamente se habla.1
Mientras que la metáfora nos ayuda a menudo a crear nuevas palabras para nuevos objetos o nuevos fenómenos, nos ayuda la metonimia a hacer cambios de aspecto y carácter en las palabras al pasar de una situación a otra o de un tiempo a otro. La metonimia es así el más importante de los mecanismos de poder lingüístico, constantemente presente en la propaganda, la política y la planificación urbana. Su uso debiera por tanto advertirse más conscientemente de lo que es el caso. La metonimia nos seduce a creer que seguimos hablando de lo mismo cuando hemos comenzado a hablar de algo distinto. Permítaseme ahora estudiar su función en la concepción de la ciudad.
La ciudad puede entenderse como estructura física, como edificación. Ésta es, creo yo, la idea primera y más inmediata que surge en la mente cuando nos encontramos con la palabra «ciudad». Pero una ciudad es también una comunidad humana, la forma urbana de vida que desarro- lla una población de cierta magnitud. El espacio edificado es por supuesto el escenario en que la vida urbana tiene lugar, pero una cosa es pensar en la ciudad desde el punto de vista de los edificios y otra pensar en la vida urbana como tal. [...]
Cuando los atenienses decía polis se referían primordialmente a «la comunidad humana» y sólo en segundo lugar a «la estructura o entorno físico». Los romanos por su parte usaban la palabra civitas casi exclusivamente en la acepción humana.
En el siglo VI, al hacer una exposición sobre el origen de las palabras, San Isidoro de Sevilla escribía en sus Etimologías lo siguiente:
Civitas es una muchedumbre de personas unidad por vínculos de sociedad, y recibe ese nombre por sus ciudadanos (cives), es decir, por los habitantes mismos de la urbe [porque concentra y encierra la vida de mucha gente]. Con el nombre de urbe (urbs) se designa la fábrica material de la ciudad, en tanto que civitas hace referencia, no a sus piedras, sino a aus habitantes. (Etymologiarum XV, 2, B. A. C. 1994.)
Los romanos y sus inmediatos sucesores cambiaban por consiguiente de civitas a urbs cuando querían referirse a la ciudad como estructura física. Nosotros decimos «ciudad» para ambas pero (aun contando también con la palabra «urbe») pensamos primordialmente en su estructura física y sólo en segunda acepción, cuando la necesidad lo exige, en la vida urbana de los seres humanos. La palabra «urbe» es hoy sinónima de «ciudad física» y se usa para designar ciudades grandes. [...]
Mientras que la palabra civitas era usada de manera unívoca por los romanos para designar la vida de los ciudadanos, para la ciudad como estructura física se utilizaba otro término: urbs, que también significa «muralla» y está emparentado con orbis, aludiando a la forma redonda. Lo curioso es que la palabra civitas, que carece de connotaciones físicas, haya originado algo tan petrificado como la city actual, la cual sólo nos hace pensar en las estructuras físicas.
En la medida en que se estable este traslado semántico de carácter metonímico en la idea de ciudad hacia su aspecto físico, se percibe a partir del Renacimiento un interés creciente por las soluciones totales y por las utopías, es decir, por las imágenes de una sociedad local totalmente organizada hasta sus mínimos detalles.“
[Ramírez, J. L.: „La construcción de la ciudad como lógica y como retórica. Los dos significados de ciudad“. En: Astragalo: Revista cuatrimestral Iberoamericana, N° 12, Septiembre 1999, p. X-XV]
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1 Decimos que algo pertenece a «la Corona», en vez de decir «a la Casa Real», que a su vez es también una metonimia de «Patrimonio Real». Vamos a «tomar un vaso», cuando bebemos vino. Sucede de vez en cuando que alguien nos pregunta si «tenemos fuego», como si fuéramos antorchas vivas. Y damos el nombre del órgano que albergamos en la boca, la lengua, a la actividad que con su ayuda realizamos y, por ende, al sistema de palabras utilizado como medio para dicha actividad.
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„Metonimia
«Se parecen la metáfora y la metonimia – escribe Dámaso Alonso – en que lo mismo en la una que en la otra hay sustitución de la palabra y la noción que corresponden al objeto pensado. Pero hay entre las dos una diferencia profunda. En la metáfora el objeto pensado (‘dientes’) es sustituido por otro (perlas) que no tiene conexión real con él: el único vínculo es el de una comparación, el de un parecido de alguna o algunas cualidades (los dientes de una linda muchacha se parecen por su color y aun algo por su forma, etc. a menudas perlas). En la metonimia en cambio no hay una comparación, sino que el objeto que sustituye al que pensamos pertenece a la esfera de éste, está en relación “real” con él: así, si el poeta dice Marte en vez de ‘la guerra’ es porque (considerando como en la antigüedad o como por ficción en el Renacimiento, verdaderas las fábulas mitológicas) Marte es el dios de la guerra, el dios que tiene poder sobre esa actividad; y algo semejante ocurre si se emplea un abstracto como la juventud en vez de ‘los jóvenes’, o el continente por el contenido (se bebió unas copas), etc. (metonimias estas últimas tan normales en el lenguaje que constituyen ya acepciones de las mismas voces, pero originariamente fueron metonimias.
En la metonimia no salimos de la esfera real de los objetos de que estamos tratando (en ella pues no se puede hablar de “plano real” y “plano irreal”, y por tanto menos aún de una comparación entre los dos); en la metáfora hay siempre un elemento “irreal” expresado y elemento “real” omitido, y una comparación implícita, tácita, entre los dos».
[Abad, Francisco: Diccionario de lingüística de la escuela española. Madrid: Gredos, 1986, p. 170]
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“Metonimia
La metonimia es la figura formada por la sustitución del nombre de una cosa por uno de los atributos o rasgos semánticos (cf sema) contenidos en su definición. Por ejemplo, el cetro es una metonimia de la autoridad (cf sinécdoque).
Jakobson, basándose en el eje vertical del lenguaje, el paradigmático, el de la elección, y el eje horizontal, el sintagmático, el de la combinación, ha presentado una nítida explicación y diferenciación de los procesos generadores de la ‘metáfora’ y de la ‘metonimia’ (incluida la sinécdoque en esta última). Si transformásemos (Lodge, D., 1977) «Los buques cruzaron el mar» por «Los buques –araron el mar» habríamos sustituido –labrar por cruzar, al haber percibido una similaridad de movimientos entre el «arado de la tierra» y el «movimiento del barco en el mar». En «Los buques surcaron el mar» se produce una ‘metáfora’ porque el hablante, en la elección de los vocablos apropiados del paradigma para combinarlos en el sintagma, ha percibido una similaridad, no exenta al mismo tiempo de una sensación de disparidad, entre el movimiento del arado sobre la tierra (abrir surcos) y el del buque sobre el mar (cruzar, atravesar, navegar, etc.). En resumen, para que haya ‘metáfora’ se necesita la percepción de similaridad, sin que se suprima el sentido de disparidad, ya que son percepciones que pertenecen a esferas diferentes del pensamiento.
Pero si transformamos «Los barcos cruzaron el mar» por «Las quillas cruzaron la profundidad» (Keels crossed the deep), tendremos una sinécdoque (las quillas) que es una parte, por el barco, que es el todo y una metonimia (la profundidad, que es un atributo del mar). Pero esta vez no ha sido la similaridad la que ha permitido la sustitución de una unidad por otra, ya que quilla puede sustituir a barco no por su similaridad sino por su contigüidad.”
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